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lunes, 26 de abril de 2010

Dos esmeraldas en su rostro

Su rostro reflejaba curiosidad. Sus dos ojos, o mejor dicho, su dos ojazos verdes, los cuales parecían un par de esmeraldas enormes y sobre todo preciosas, no dejaban de seguirme. Esto me inquietaba, me alteraba, me ponía muy nervioso. Pero sobre todo me abrumaba. Era como si me produjese un efecto mágico; una especie de control hipnótico; una vez que los mirabas, no podías quitarles la vista de encima. Aunque, a pesar de esto, resultaba imposible mirarla directamente a los ojos. Alguna vez lo intentaba, pero no podía superar los dos segundos. Entrabas en un mundo irreal, fantasioso, una especie de paraíso terrenal, pero adaptado según tus gustos y necesidades. Es decir, un edén donde tú eres Adán y ella es Eva, donde pasabas todo el día desnudo retozando por el verde, comiendo de los árboles y de los animales que hay por ahí (tipo el cerdo que le ofrece carne de su propio cuerpo a Homer) y bebiendo ron junto a ella.

Y de repente vuelves al mundo real. Oyes su voz, con la que te está recriminando que no la escuchas, al haberte quedado ensimismado con la belleza de sus ojos. Es una sensación parecida a cuando estás soñando con lo más agradable que te podía pasar y de repente te caes de la cama.

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