No tengo en cuenta los largos fines de semana que se nos hacían tan cortos, por lo menos a mí, en los que nos limitábamos a salir a la calle lo mínimo necesario, solos, tú y yo, sin hablar con nadie más, exceptuando alguna que otra llamada a la familia, cortadas siempre que se podían en el menor tiempo posible.
Esos sueños compartidos, en los que predecíamos el futuro, juntos, teniendo éxito en tu trabajo o yo en el mío, gracias al apoyo mutuo, a la ayuda y los ánimos que nos dábamos el uno al otro. En vivir como los dos queríamos, como los dos deseábamos; siendo felices juntos.
Me acabo de levantar sola, despeinada, con los ojos llorosos, triste, a pesar del día tan maravilloso que hace, del frescor tan agradable que hace a estas horas, de los rayos del sol que llegan hasta mi almohada y que han hecho que me despierte a las ocho y media, a pesar de estar en verano, de vacaciones, sin tener que hacer nada más allá de hacer la compra y la comida para una persona. Únicamente para mí.
Hoy he dormido mal, lo poco que he conseguido dormir, es como si me hubieran dado una paliza en lugar de haber estado tumbada toda la noche. Desde que te fuiste no consigo descansar, me siento rara, como si me faltara algo, un brazo, una parte de cerebro, de los sentidos; no hago nada a derechas ni disfruto haciendo nada, enseguida me canso o me aburro. Me acuesto tarde, para que el cansancio haga mella y en cuanto me tire en la cama me duerma, pero nada. Cada vez salgo más tiempo a correr, llegando a casa destrozada, pero ni por esas consigo conciliar el sueño. Creo que me estoy volviendo loca.
Joder, puto calor. Ahora que acaba de coger el sueño empiezan a piar los pajaritos, los coches ya tocan el claxon y el sol me está dando en toda la cara. Voy al baño, aprovecho para lavarme la cara y despejarme, ya que sé que no voy a poder volver a dormirme. Me sirvo un café, le tengo que echar hielo para poder tomármelo, y voy a la ventana para fumarme un cigarro. A pesar de que hace veinte días que te has ido, todavía salgo a la ventana para fumar. Siempre te ha molestado el olor a tabaco, aunque a veces, cuando salíamos por la noche e ibas un poco entonada, me pedías un cigarrillo. Yo te echaba la bronca, pero no lo hacía en serio y te lo daba, hasta que la mañana siguiente me hacías jurar que no volviese a dejar que fumaras. Pasados unos días, tú volvías a pedirme tabaco, y yo volvía a dártelo. Nunca he podido negarte nada.
Todo me recuerda a ti; no sólo la casa que compartíamos, que está como la dejaste. Miro la calle y al ver los coches pasar, los edificios, la gente, al oír el ruido, al notar el frescor y la luz que entra, da igual lo que sea, vienes a mi cabeza y no dejas que me concentre en nada. Hago las cosas por inercia, como si fuese un autómata. Por las noches bajo al bar, a pesar de que no conozco a casi nadie, y a los que sí conozco, me caen mal. Pero voy, bebo, intento distraerme, olvidarte, pero nada. Ahí estás. Siempre estás. Pareces omnipresente.
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