La última novela de Javier Marías es, posiblemente, la más amena. Conserva su estilo reflexivo y su lenta progresión en la acción del relato, pero esto es menor. Incluso los episodios se dividen en menos letras, unas 6-8 caras de media.
El protagonista de la novela es un joven que recoge un puesto como ayudante de un director de cine venido a menos. Se convierte en un espectador testigo y activo de la vida, sobre todo íntima de éste, tanto por los requerimientos que se le pide como por los que toma por iniciativa propia.
Es una mirada sobre la confianza y las relaciones, especialmente las íntimas, y en el "nadie conoce a nadie" por mucho tiempo que se pase en su compañía y la intensidad de ésta. El argumento en sí se resolvería en menos de cien páginas, pero Marías llena más de quinientas en hacer una minuciosa reflexión de cada acto y suceso que ocurre, como ha hecho anteriormente en cada una de sus novelas y, por lo menos por mi parte, la gracia de todas ellas: no lo que cuenta, sino las reflexiones de lo que cuenta, y más en cuestiones íntimas, emotivas, actuales y psicológicas.
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