Corriendo, todo el día corriendo. Lo desmonto mientras llego a la cama, guardo cada pieza en su correspondiente departamento, lo meto en la maleta y hala, hasta otra. Con otro pelo, ya sea color o corte, otro tono de piel, otros ojos. Y, por supuesto, otro tipo de ropa. Y las gafas, lo que me gustan las gafas, y no me ha dado tiempo a ponérmelas.
Saludo al hombre que está dormido en la recepción -no se despertaría ni aunque soltara una ráfaga en la pared que está a su lado- y camino lo más rápido que puedo hasta el coche. La gente no se fija en mí, está pendiente de lo que ocurre al otro lado del pueblo, del alcalde desangrándose encima del escenario, delante de las damas de honor, que lloran mientras intentan esconderse y la gente hace que huye pero en realidad no se mueve, porque les interesa más ver lo que está sucediendo que ponerse a salvo. Pues yo no voy a ser de esos.
sábado, 13 de agosto de 2016
El pregón
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