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martes, 28 de diciembre de 2010

algo más

Sé que lo notas. Y sé que te has dado cuenta de que yo también lo noto. Ese fluir en ambos, como si estuviéramos los dos solos metidos en una barca río abajo sin poder hacer nada para frenarla. Y sin querer hacer nada por parar esa corriente que nos llevará a caer por esa catarata, por ese deseo imparable, a pesar del vértigo que produce, pero es mucho mayor el fuego, el deseo.
Puede que no esté bien. Puede que no sea lo correcto, y mucho menos lo prudente. Pero es lo que hay. Algo más fuerte que todo eso. Un impulso que el cerebro con su racionalidad no puede ni sabe controlar. Es algo más. Algo que no se puede explicar; ni por métodos científicos ni haciendo caso a la lógica. Algo totalmente irracional.
Mañana puede que utilicemos de excusa la botella de este maravilloso ron que nos estamos bebiendo, las luces bajas y de color azul, la música, el reservado, el calor de este final de primavera que estamos soportando, tu pelo, el mío, tu vestido, mi camisa y mis pantalones… lo que sea, pero los dos somos conscientes de como va a acabar esto. Y ya no hay marcha atrás.
De momento nos hacemos l@s loc@s, hablamos, nos sonreímos, nos miramos, nos acercamos cada vez más, poco a poco, pero sin llegar a tocarnos, porque una vez que se encienda la mecha sabemos que nadie podrá evitar la explosión, y no seremos nosotr@s, ni mucho menos quienes hagamos ni siquiera el amago de ello.
La botella ya está vacía, el camarero demasiado demandado para recordar la existencia de esta zona,los hielos sudando, al igual que nuestros poros, posiblemente por el calor que desprendemos. Creo que es el momento para hacerlo; te ofrezco huir de aquí, juntos, solos, como si supiésemos que ha llegado el Apocalipsis y al primer sitio donde va a mirar sea en esta discoteca. Unidos, hilados por nuestras manos derechas, esquivamos a los que la muerte ha citado con anterioridad hasta alcanzar la salida, donde el contraste de las luces bajas y oscuras que dejamos atrás con la extrema luminosidad del foco de la puerta y de las farolas de la calle. Ese cambio hacia colores claros alcanza su cenit en el blanco del taxi, que está en la puerta y nos recoge para conducirnos a nuestro refugio, donde aprovecharemos las últimas horas de nuestra vida, de esta vida que vivimos ahora, aún sabiendo que mañana cuando nos levantemos, habremos dejado de vivir esta vida, para empezar a vivir otra vida.

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