La acera está llena de hojas amarillas y mojadas por la lluvia que se acaba de extinguir; un peligro, pero aún así conseguí caminar por encima de esa trampa mortal durante cuarenta minutos.
Me cruzo con todo tipo de fauna, sobre todo pijos, pero es que me gusta pasear por su hábitat y observarles; una especie de afición antropológica que tengo.
La noche está oscura, o mejor dicho, esta noche la ciudad esta oscura, por lo menos si la comparamos con otras noches. La luz de la luna no cumple con su labor porque lo evitan las nubes recién descargadas, apenas hay coches que iluminen las calles, hay un par de farolas cada ciertos metros que no funcionan y las tiendas cerradas, con la consecuente falta de luz en escaparates y letreros. Un domingo cualquiera.
Mis cascos despedían narraciones y comentarios de partidos retransmitidos por la radio, en lugar de la habitual música que lo hace otros días y en otros momentos.
Apenas te cruzas con gente, la mayoría son críos o parejas que pasean en un encuadre tan romántico y otoñal como éste. También alguna persona en solitario, normalmente una mujer de mediana edad, supongo que volviendo de ver a su madre. Lo único que hay abierto son cafeterías y bares. En las primeras se ven parejas y amigas conversando al calor de un café humeante, al cual se le agrade incluso que esté ardiendo cada vez que se da un sorbito. Paradas entre la ida y la vuelta del paseo. En las segundas la gente está viendo el fútbol, aunque los equipos locales ya jugaron ayer, por lo que no están ni mucho menos completos.
De repente dejo de oír la radio, todo está lleno de polvo, como si una nube inundara la calle, que comienza a estar más iluminada y ajetreada, mientras noto un líquido ardiente que desciende por la parte izquierda de mi cuello.
No hay comentarios:
Publicar un comentario