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jueves, 7 de agosto de 2014

Encantada de liberarle

'Encantada de conocerle' le dijo, y sólo pudo tocar su mano y despedirse de su espalda, mientras le perseguía con la mirada hasta que desapareció en el interior del comedor y, tras él, se cerró la puerta. 
Le habían encargado recibir a los invitados a la recepción del embajador. Casi todos eran de cierta edad: hombres adinerados que ya tenían suficiente dinero y contactos en las esferas para no tener que esmerarse en la vida, especialmente con personas a las que veían destinados a cumplir sus deseos o mejorar su estancia. Su compañía se limitaba a otros hombres iguales a ellos, o mujeres de su misma edad polioperadas. Casi ninguno venía acompañado de mujeres jóvenes, era una reunión demasiado formal para traerse a la amante o a una escort. Estaban obligados a mantener la compostura social.
Entró acompañado de dos hombres de mediana edad, uno con barriga y pelo blanco, que en algún momento pudo ser atractivo, poco más. Él otro tenía el pelo gris, delgado, rasgos afilados, sin usar su pasta todavía podría encandilar a alguna jovencita. Incluso a ella. Su atractivo no sólo era físico, se podía apreciar en la mirada, en su seriedad. En cambio, el treintañero rubio, pelo casi a media melena, fuerte y alto era irresistible. Con una sonrisa encantadora, que siempre estaba colgando de sus labios, escondía la mentira de sus ojos tapados por su flequillo. El contacto con su mano cálida lo sintió como un atrevimiento, como si la hubieran metido mano en una discoteca, nada más presentarse, pero no pudo evitar que le gustase. 
No lo volvió a ver hasta que pasaron cinco años, cuando el hombre del pelo blanco, ya con una tripa inmensa, claramente un estómago agradecido, le precedía, ambos ocultando las manos esposadas con la chaqueta e intentando que sus rostros no dieran a las muchas cámaras que había en la puerta del juzgado. 
Esa noche su marido quedó sorprendido de la fogosidad con la que hicieron el amor. Tras consultarlo con la almohada, se despertó a media noche, mientras su acompañante de cama roncaba profundamente y cogió lo que le pareció necesario. Tenía que sacarlo de la cárcel como fuera.

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