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miércoles, 1 de julio de 2015

Ella

Cuando la veía o pensaba en ella, no sentía nada. Sí, era monilla, con buen cuerpo… Le caía bien. Nada más. Pero cuando estaba un rato con ella, tenía ganas de tocarla, de besarla, de abrazarla, de acariciar ese cuerpo delgado, esbelto, esas piernas largas, ligeramente duras, de un color dorado que resalta bajo una falda, y se elevan sobre unos tacones, o se ocultan dentro de unos pantalones ajustadas que las define a la perfección.

Supongo que sólo era algo carnal, físico… pero en el fondo me gustaba. Cuando estaba con ella, me encontraba mejor, bromeábamos y nos entendíamos siempre al hacerlo.

            Un día, nos quedamos solos. En medio de un vacile mutuo, tan habitual entre nosotros, nos tocamos. Creo que fue en un intento de hacernos cosquillas. Al querer evitarlo, llevamos las manos del otro lugares prohibidos, nos miramos y nos besamos. Y seguimos recorriendo con las manos los lugares prohibidos del otro, con pasión y sin reflexión, con una intensidad inconsciente que nos hacía olvidar todo lo demás. 

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