Se oían muchas cosas: los pájaros, el mar, incluso voces de personas. A veces también al otro lado de la puerta. Al principio, se dirigían a él, de manera poco amable, cuando le traían la comida; ahora ya ni eso. El aviso era el sonido metálico de la bandeja al golpear contra el suelo. Durante los primeros días, enseguida su cabeza se adaptó a los horarios, tanto, que clavaba el momento en que se lo traían. Más tarde, se percató de que los rayos que entraban por los barrotes hacían de reloj de sol.
Después, se desentendió del tiempo y se pasaba las horas mirando a través de la ventana. Desde su posición, sólo veía el cielo, pero esa indefinición en los detalles hacía que su imaginación volara más libre, creando nuevos escenarios sin parar, yendo de uno a otro hasta que el sonido metálico lo interrumpía para comer, para sobrevivir y así continuar soñando.
miércoles, 19 de octubre de 2016
La interrupción
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