Oía llover a pesar del cristal insonorizado. Sabía que no era verdad, que era su cabeza, que le ponía sonido a cada una de esas gotas que se estampaban contra los paraguas, la tela de las capuchas y abrigos o el pelo de los incautos que habían cometido la temeridad de no ser precavidos.
Eso era lo que le diferenciaba de una loca, que era consciente, se dijo.
Haría unos diez minutos que no se acabó el café. Casi pide otro, como un acto reflejo, pero se supo contener, sabría que tres en un día le sentaría mal. Tenía la tentación de pedir una infusión, pero le habían educado con el pensamiento de que eso era para los que estaban malos, y no quería dar esa sensación a los demás. Miró a su alrededor. Nadie la conocía. Se podría pedir una cerveza, ya había acabado su turno, pero no le gustaba beber en el hospital, sería un desorden en su cabeza. Donde tengas la olla no tengas... No se le ocurrió nada que le valiese para describir su pensamiento de que no había que mezclar trabajo y ocio.
Estaba cansada. Ojalá se pudiera teletransportar al sofá, incluso amodorrarse, y cuando recuperara fuerzas, ya comería algo. No le apetecía pedirse algo de comer, pero seguramente era la mejor entre todas las posibilidades. Vio la tortilla y se pidió un pincho y una cocacola.
Había recuperado fuerzas. Sin llegar a verse optimista, decidió que lo haría aquella tarde, cuanto antes mejor. Se subió la cremallera hasta arriba y agarró el paraguas con ganas.
Sorteó varillas que iban directas a sus ojos -siempre pensó que era demsiado alta- y consiguió llegar a la parada del bus. Le tocó de pie cuando se subió, rodeada, acolchada en cada frenazo y sacudida según el tráfico caótico por abrigos y grasa que cubría los cuerpos, y llegó a su destino en poco más de media hora.
Llamó como siempre, tres golpes cortos, rápidos, y dos más prolongados y espaciados. Enseguida oyó a su madre decir su nombre. Qué alegría, hija, continuó alegre, mientras cerraba la puerta y le invitaba a comer uno de los dulces que llenaban la mesa camilla del cuarto de estar. Ella negó con un gesto y se quedó de pie, casi de espaldas a su madre, mirando por la ventana como llovía. Ahora, si podía oír como el agua se golpeaba contra el suelo del balcón o los cristales. Ignoró las peticiones de que se quitara el abrigo y las botas -me lo vas a poner todo perdido- y cuando calló, soltó.
-Lo sé.
-¿El qué? - contestó automáticamente su madre, aunque su cara mostraba el temor de que ya lo sabía.
Siguió mirando llover desde aquel ventanal, como aquel día en que la dejaron en esa casa después de acordar la suma.
jueves, 15 de diciembre de 2016
La lluvia
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