Se oían muchas cosas: los pájaros, el mar, incluso voces de personas. A veces también al otro lado de la puerta. Al principio, se dirigían a él, de manera poco amable, cuando le traían la comida; ahora ya ni eso. El aviso era el sonido metálico de la bandeja al golpear contra el suelo. Durante los primeros días, enseguida su cabeza se adaptó a los horarios, tanto, que clavaba el momento en que se lo traían. Más tarde, se percató de que los rayos que entraban por los barrotes hacían de reloj de sol.
Después, se desentendió del tiempo y se pasaba las horas mirando a través de la ventana. Desde su posición, sólo veía el cielo, pero esa indefinición en los detalles hacía que su imaginación volara más libre, creando nuevos escenarios sin parar, yendo de uno a otro hasta que el sonido metálico lo interrumpía para comer, para sobrevivir y así continuar soñando.
miércoles, 19 de octubre de 2016
La interrupción
martes, 4 de octubre de 2016
Doña Teresa Mendoza
Lo que más me ha sorprendido es que la he disfrutado bastante más, a pesar de que ha supuesto una lectura mucho más racional al conocerme la historia, (reconozco que había partes que las había olvidado, la primera vez fue hace unos cuantos años). Tanto, que ahora mismo pienso que es mi novela favorita y, cuando la vez anterior, sólo me pareció bastante buena, pero lejos de ese puesto. Y eso que he leído bastante más desde entonces.
Puede que porque me resulta tan fresca y tan actual, o más como hace seis años, y eso que fue escrita en el 2002, con una temática, por desgracia bastante actual. Puede que haya mejorado mi comprensión lectora (esto lo dudo, ahora me distraigo mayor facilidad) o que he aprendido a mirar lo que leo de otra manera.
Sea lo que fuese, me parece una novela que tiene todo: amor, filosofía, meditación sobre las relaciones y el comportamiento humano, y cuando se ve de verdad, en situaciones extremas, un ritmo tremendo, combinando a la perfección cuando hay que acelerar y cuando hay que ir poco a poco, describiendo los detalles, y con mucha acción, sin ser para nada gratuita.
Pero sobre todo, con un personaje, una protagonista, que te enamora, literariamente hablando, por supuesto. Dudo mucho que haya alguien que no se identifique con ella, que no se embriague con su carisma silencioso o, como mínimo, que no tenga curiosidad por qué le deparará su destino, por eso me cuesta que el autor no haya continuado de alguna manera la historia o no haya metido a Teresa Mendoza, (la protagonista), en otra novela. Después de la lamentable (en mi opinión, y en la de mucha gente, incluido el propio Arturo Pérez-Reverte) de la telenovela protagonizada por Kate del Castillo, habrá que ver la adaptación de USA Network, estrenada este verano.
lunes, 22 de agosto de 2016
Reconocernos hasta fundirnos
El inicio: nos olemos. Sí, ambos nos lavar con gel, de echar desodorante y perfume, pero ya lo estamos mezclando con nuestro propio olor, nuestro sudor, sólo con los nervios y la tensión que nos inunda, al igual que inundaremos esta habitación de olores y fluidos. Las aletas se levantan, se ponen en movimiento.
Después, nos escuchamos. Sin hablar, sin siquiera abrir la boca, si acaso para dejar irse el aire que nos ahoga en nuestro pecho, que le quita espacio al corazón para tener más espacio para retumbar, darnos cuenta de que nos está haciendo daño en el pectoral izquierdo al oír la respiración del otro. Así. Oírnos estar. Oírnos vivir. Sentirnos con las orejas, desde lejos, hasta que el sonido del otro lo conozcamos de tal manera como si fuera propio, como si no pudiésemos distinguirlo del que emiten nuestros pulmones, nuestra nariz, nuestra boca.
Luego mirarnos. De primeras, no nos vemos, hasta que nuestros ojos se convierten en los de un gato y nos reconozcamos. También está la distancia, demasiado corta, como nuestros padres cuando se hacen mayores y necesitan alejarse los papeles para leerlos todo lo que les dé el brazo. No podemos extenderlos porque nos bloqueamos con el cuerpo del otro. No nos acercamos, no hacemos esfuerzos sino que somos dos imanes, dos polos opuestos que se atraen, que por arte de magia se aproximan hasta que están, estamos pegados.
Nos tocamos, nuestros poros están imantados, en cuanto estamos a la suficiente distancia se expanden hasta que se tocan, y después no se pueden separar. Ahora sólo podemos movernos para encajarnos, para rodearnos, cambiar de forma en este nuevo ser que somos unidos. Cogemos diferentes formas que son imposibles de crear de manera independiente, porque ahora somos otra cosa. Por supuesto mejor.
Nuestro tacto ha pasado al siguiente nivel, ahora nos probamos, el gusto recorre todo el camino que ha hecho el tacto. Los dos sentidos se intercambian, se ceden el paso, comparten viaje, toman diferentes direcciones para volver hasta que el viaje se vuelve plácido y pleno y ya hacen que todo el territorio sea propio porque nos fundimos y somos uno.
sábado, 13 de agosto de 2016
El pregón
Corriendo, todo el día corriendo. Lo desmonto mientras llego a la cama, guardo cada pieza en su correspondiente departamento, lo meto en la maleta y hala, hasta otra. Con otro pelo, ya sea color o corte, otro tono de piel, otros ojos. Y, por supuesto, otro tipo de ropa. Y las gafas, lo que me gustan las gafas, y no me ha dado tiempo a ponérmelas.
Saludo al hombre que está dormido en la recepción -no se despertaría ni aunque soltara una ráfaga en la pared que está a su lado- y camino lo más rápido que puedo hasta el coche. La gente no se fija en mí, está pendiente de lo que ocurre al otro lado del pueblo, del alcalde desangrándose encima del escenario, delante de las damas de honor, que lloran mientras intentan esconderse y la gente hace que huye pero en realidad no se mueve, porque les interesa más ver lo que está sucediendo que ponerse a salvo. Pues yo no voy a ser de esos.
sábado, 9 de julio de 2016
Marseille en serie
Con estos préambulos, tenía muchas ganas de empezarla. Sólo se ha grabado una temporada, estrenada hace tan sólo un par de meses. Ocho capítulos de unos cuarenta minutos, en menos de quince días te la puedes cargar, así que me puse a ello.
En general, me gusta la metáfora que utiliza Mario Cerdeño (@MarioCS1985) en su reseña sobre la serie en eldiario.es (http://www.eldiario.es/clm/lunes_seriefilos/Marseille-experimento-politico-fallido-Netflix_6_516258384.html), "vendida como un Lamborghini pero con los componentes de un utilitario". Y es eso, una producción espectacular, visualmente impecable, pero con un guión predecible en este tipo de ficciones, casi cotidiano, del que ya estamos más que habituados, con apenas algún giro inesperado, que tira para adelante como puede y poco más.
Con la música tengo un problema: me gustan mucho las canciones elegidas, pero apenas aportan, mera decoración accesoria. Eso sí, la ráfaga, o mejor dicho, la nota (porque es tan sólo una nota), que emiten entre escena y escena mientras aparecen planos de la ciudad (extraordinarios), propia de una película de miedo, no es que no aporte nada, sino que es totalmente irrelevante y confunde, incluso le'estropea' el hilo de la trata al espectador. Aparte de repetitiva, que cansa e incluso irrita.
En el plano interpretativo, los actores están demasiado encasillados, encerrados en su rol, más que papel, designado. Con apenas desarrollo de los personajes, con pocas muestras expresivas, dotados de una frialdad que concuerda con el tema principal del argumento, pero que en muchos casos, le quita credibilidad. Los dos únicos personajes que tienen cierto recorrido psicológico son las mujer e hija del protagonista, Rachel y Julia Taro. La primera es mediante un suceso personal, que le impide realizar la actividad por la que vive, con lo que le inunda la sensación de inutilidad. La segunda, comienza siendo totalmente irrelevante, decorativa para la trama, pero acaba siendo casi el motor, casi superando a los dos protagonistas, los dos candidatos a la alcaldía.
El personaje de Lucas Bàrres (Benoît Magimel) sólo cambia al destaparse, al inicio de la serie, y descubrir quién es de verdad, cuál va a ser su rol en la serie, el de antagonista. a pesar de su supuesta importancia y minutos en escena, no suma nada, simplemente cumple su papel, a veces con expresiones y posturas que recuerdan a la parodia.
Una vez completada, me recuerda mucho más a Crematorio que a House of Cards, no sólo por compartir mar (aunque la luz que refleja es muy diferente en la Costa Blanca y en la Costa Azul, como sus propios nombres señalan), si no también por su sentido 'local', más concreto, más a pie de calle, individualizada y cercana, que en el poder casi omnipotente que protagoniza Kevin Spacey. Incluso en detalles de guión. Estoy convencido que el creador (Dan Franck) se ha visto y ha tomado apuntes de la adaptación de la novela del difunto Rafael Chirbes.
lunes, 13 de junio de 2016
Como ejemplo
No creían en ls custodia compartida, les parecía obligar a su hija a llevar una vida distinta cada quince días, y, además, siempre le faltaría la otra mitad. Tampoco querían involucrar a otras personas. Era su hija y su responsabilidad, eso lo tenían claro desde que decidieron tenerla. A no ser situaciones de fuerza mayor, y siempre priorizando en sus propias familias. Con esas personas estarán vinculadas toda la vida, y con sabían que las parejas podían romper, ir y venir. El amor era muy alterable en el tiempo, tenían de ejemplo el suyo propio.
viernes, 27 de mayo de 2016
Como un relámpago
Pues todo lo contrario, esta novela puede ser todo menos un relámpago. Eso sí, como un relámpago ocurre el suceso que desata la acción. Blitz va mes a mes, describiendo un año en el que cambia la vida del protagonista, aunque en enero es cuando se desarrolla el grueso de todo. El resto de meses son simples anotaciones, consecuencias de ese primer mes, hasta que llega diciembre, en el que se resuelve la historia.
Desamor, y en más pequeñas dosis, crisis económica, laboral, existencial y diferencias culturales en un viaje a Múnich.
La estructura es muy sencilla, la acción muy lenta, centrándose en los sentimientos y pensamientos del protagonista, con una introducción que ocupa la mayor parte.
Es una novela de David Trueba, se percibe enseguida, más cerca de la anterior, Saber perder, pero que si comparas ambas, claramente pierde la última, más porque era muy difícil llegar a ese nivel, esa contundencia emocional de la que te sentías tan indentificado a pesar de que fuese en un personaje, de primeras, tan distinto al joven de a pie.
El protaginista de Blitz también transmite mucho aspecto emocional de los jóvenes (más de treintañeros que de veinteañeros) pero de manera más superficial, y tan sólo de un hecho concreto, en este caso, el desamor.