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lunes, 25 de abril de 2011

Mañana nublada

-Como había sucedido durante toda la semana, llovía. No fue el golpeo repetitivo de las gotas contra la ventana y contra el quicio lo que hizo despertarme, sino simplemente la alarma del despertador, aunque sí fue lo primero que percibí al recuperar la conciencia. Subí la persiana y a pesar de que el sol se hacía ver, era de manera suave, leve, sin la fuerza suficiente para penetrar a través de las nubes que griseaban el cielo y, con ello, todo lo demás. Me estiré para desesperezarme y fui al baño. Todavía con el pijama me preparé un café en la cocina para tomármelo mientras me vestía, costumbre que tenía para aprovechar más y mejor el tiempo y para no llegar tarde a trabajar, aunque lo hacía también en días como hoy, en los que iba sobrada de tiempo. Ya en la calle, la gente iba demasiado abrigada de lo que corresponde en esta época del año aunque dudo mucho que les estorbase. Vi pasar a una niña con un jersey rosa con puntitos blancos que me encantó. Recuerdo proponerme la siguiente nota mental: cuando vaya de compras, buscarlo y no parar hasta encontrarlo. Era una niña rubita, muy clara de piel, que recogía su pelo en una coleta. Lo siguiente que recuerdo es un derrape de un coche, noté algo en la pierna y hasta ahora doctor.
-¿Te duele?
-No, ¿el qué?

lunes, 21 de marzo de 2011

Las nueve y cuarto

Ya eran las nueve y cuarto, pasados quince minutos de la hora citada. La copa de vino estaba prácticamente vacía. Cuando me iba a dirigir al camarero para pedirme la segunda, la veo cruzando la calzada a través de la cristalera que daba a la calle; zapatos de tacón negro, medias de lycra negra transparente, falda negra que termina por encima de la rodilla uniéndose con la camisa blanca con rayas finas y negras cubiertas por una chaqueta a juego con la falda, y del mismo color, como el bolso y la carpeta que sujeta con el brazo izquierdo. Pendientes perlados de plata sobre las orejas de tono claro, como el resto de la piel de la cara. Ojos pequeños y verdes, aunque tenías que estar cerca y fijarte muy bien para poderlos apreciar. Nariz también pequeña, redonda, sobre unos labios finos que cubrían una boca ancha, pero no muy grande. El pelo liso y rubio estaba recogido con un broche aunque dos mechones, puestos en rebeldía, sobre todo el izquierdo debido a la lateralidad de la raya, se alejaban de su sujeción en forma de pabellón auditivo por lo que en ese justo momento Natalia insistía en colocarlo en su correspondiente celda.

Mientras hacía esta acción, me mira, pero por la expresión de su rostro compruebo que no me ve o no me reconoce. Supongo que el cristal le hace de espejo debido a la luz reflectada en él, aunque el sol está brindando sus últimos rayos. Además, el local posee una luz muy leve y azulada, por lo que está prácticamente oscuro. Se abre la puerta, gira la cabeza hacia el lado contrario al cual estoy yo, y a los cinco segundos cambia de dirección, mirando hacia mí, me ve, me reconoce y sonríe, enseñando la blanquecina fila de dientes frontales, dividida justo por la mitad debido a la separación de los incisivos centrales, mientras camina hacia a mí, haciendo sonar sus zapatos contra el mármol del local.

Termino de hacer el gesto y el camarero me atiende enseguida. Esta vez me pone dos, en lugar de la copa solitaria que colocó la anterior vez. Una pareja. En un momento, tanto ella como yo hemos pasado de sentirnos solos, con la única compañía del otro, a estar junto a nuestra alma gemela. O eso creo yo al ver la simetría de los dos cristales rojizos que tengo enfrente y lo que percibo al pensar en Natalia.

-¡Hola! –me da a probar sus labios un segundo, y coloca el bolso y la carpeta en el hueco que hay debajo de la barra.

-Hola cariño.

En ese momento no pude más, se lo solté.

jueves, 10 de marzo de 2011

A solas

No tengo en cuenta los largos fines de semana que se nos hacían tan cortos, por lo menos a mí, en los que nos limitábamos a salir a la calle lo mínimo necesario, solos, tú y yo, sin hablar con nadie más, exceptuando alguna que otra llamada a la familia, cortadas siempre que se podían en el menor tiempo posible.

Esos sueños compartidos, en los que predecíamos el futuro, juntos, teniendo éxito en tu trabajo o yo en el mío, gracias al apoyo mutuo, a la ayuda y los ánimos que nos dábamos el uno al otro. En vivir como los dos queríamos, como los dos deseábamos; siendo felices juntos.

Me acabo de levantar sola, despeinada, con los ojos llorosos, triste, a pesar del día tan maravilloso que hace, del frescor tan agradable que hace a estas horas, de los rayos del sol que llegan hasta mi almohada y que han hecho que me despierte a las ocho y media, a pesar de estar en verano, de vacaciones, sin tener que hacer nada más allá de hacer la compra y la comida para una persona. Únicamente para mí.

Hoy he dormido mal, lo poco que he conseguido dormir, es como si me hubieran dado una paliza en lugar de haber estado tumbada toda la noche. Desde que te fuiste no consigo descansar, me siento rara, como si me faltara algo, un brazo, una parte de cerebro, de los sentidos; no hago nada a derechas ni disfruto haciendo nada, enseguida me canso o me aburro. Me acuesto tarde, para que el cansancio haga mella y en cuanto me tire en la cama me duerma, pero nada. Cada vez salgo más tiempo a correr, llegando a casa destrozada, pero ni por esas consigo conciliar el sueño. Creo que me estoy volviendo loca.



Joder, puto calor. Ahora que acaba de coger el sueño empiezan a piar los pajaritos, los coches ya tocan el claxon y el sol me está dando en toda la cara. Voy al baño, aprovecho para lavarme la cara y despejarme, ya que sé que no voy a poder volver a dormirme. Me sirvo un café, le tengo que echar hielo para poder tomármelo, y voy a la ventana para fumarme un cigarro. A pesar de que hace veinte días que te has ido, todavía salgo a la ventana para fumar. Siempre te ha molestado el olor a tabaco, aunque a veces, cuando salíamos por la noche e ibas un poco entonada, me pedías un cigarrillo. Yo te echaba la bronca, pero no lo hacía en serio y te lo daba, hasta que la mañana siguiente me hacías jurar que no volviese a dejar que fumaras. Pasados unos días, tú volvías a pedirme tabaco, y yo volvía a dártelo. Nunca he podido negarte nada.

Todo me recuerda a ti; no sólo la casa que compartíamos, que está como la dejaste. Miro la calle y al ver los coches pasar, los edificios, la gente, al oír el ruido, al notar el frescor y la luz que entra, da igual lo que sea, vienes a mi cabeza y no dejas que me concentre en nada. Hago las cosas por inercia, como si fuese un autómata. Por las noches bajo al bar, a pesar de que no conozco a casi nadie, y a los que sí conozco, me caen mal. Pero voy, bebo, intento distraerme, olvidarte, pero nada. Ahí estás. Siempre estás. Pareces omnipresente.

lunes, 28 de febrero de 2011

Una noche oscura...

Era una noche solitaria, fría y espesa. Todo era como lento, o me lo aparecía a mí; el tráfico, el tiempo en el que los semáforos se ponían en verde... quizás simplemente estaba nervioso. Ya no quedaba rastro del partido que se había jugado esta noche cuando pasé por al lado del estadio, sólo algún resto de suciedad. Y la niebla hacia todo un poco más tenebroso y oscuro.
El garito estaba en una zona donde no se encontraban otros bares, ni siquiera se veía actividad más allá de la entrada del local; un portero debajo de un foco que iluminaba media calle, más que todas las farolas juntas. Parecía un león enjaulado: no paraba de recorrer el metro cuadrado correspondiente de la puerta hacia fuera, o si no, se sentaba en la banqueta negra que hacia juego con su traje y sus zapatos, ni siquiera llevaba abrigo, a pesar de la temperatura, y llevaba despejada la cabeza, rapada. No tenía ni barba. También es verdad que pesaría unos 130 kilos, por lo que la grasa que le recubría los músculos le calentaría, pero mirarle te producía frío, además de acongoje.
Tras este pensamiento, decidí que si me tenía que cagar lo hiciese fuera de mi coche, así que abrí la puerta de éste y comencé a andar hacia el garito. Tras mirarme de arriba abajo y mal, me dejó cruzar el umbral que custodiaba con una sonrisa que incluso se podría catalogar como sincera. Dentro, exceptuando la luz, era como si hubiese llegado al polo opuesto; calor insoportable, música (si se la puede definir así, ya que a mí me parecía poco más que ruido repetitivo) atronadora y repleta de gente moviéndose a la vez aprovechando perefctamente el poco espacio que había libre. Cinco minutos me costó llegar a la barra para pedirme algo. Decidí pedirme una fanta naranja. Después de preguntarme un par de veces que si sola con cara de extrañada, la camarera se dio la vuelta buscando el refresco. De repente, me viene una frase de una canción; "los chicos se la dan de chulos y las chicas de bordes", que describía perfectamente la escena que estábamos representando los dos, sobre todo ella, aunque supongo que con lo buena que estaba y el modelito que llevaba podía representar el papel de borde todo lo que quisiera, no creo que nadie se lo recriminaría.
Le doy un sorbo y me giro en dirección a la pista. Enseguida le veo en un grupo de cinco personas, tres de ellas chicas, todas muy monas, muy guapas, y como él, muy pijas. La verdad es que de momento me quedo con la camarera. Tengo dos opciones, esperar a que le entren ganas de mear, cagar, peinarse o meterse una raya y le dé por ir al baño, o a que chapen el garito y "acompañarle" a su casa. Esperaré a ver qué ocurre primero.

jueves, 30 de diciembre de 2010

libros 2010

En esta fecha tan señalada y tan tardía dentro de este año que se acaba pongo a continuación la lista de los libros que me he leído, por si a alguien le interesa. Señalar que en este año terminé "la reina en el palacio de las corrientes de aire" de Stieg Larsson, y que me estoy leyendo "el corazón helado" de Almudena Grandes y "lo que sé de los hombrecillos" de Juan José Millás, libros que no creo que termine en las horas que nos separan del 2011, aunque este último sea corto, pero también lo acabo de empezar. ¡¡¡Feliz año!!!

-la soledad de los números primos PAOLO GIORDANO
-cuarteto MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
-Jackie Brown (cocktail explosivo) rum punch ELMORE LEONARD
-la habitación cerrada PAUL AUSTER
-ciudad de cristal PAUL AUSTER
-mariposas en la nieve LOLA BECCARIA
-fiebre JAVIER MARÍAS
-escapando de la parca JOSH BAZELL
-la estrategia del agua LORENZO SILVA
-la reina del sur ARTURO PÉREZ REVERTE
-el club de la lucha CHUCK PALAHNIUK
-saber perder DAVID TRUEBA
-el cuaderno rojo PAUL AUSTER
-el principito ANTOINE DE SAINT-EXUPERY
-la ciudad JUAN JOSÉ MILLÁS
-la casa de los espíritus ISABEL ALLENDE
-el caballero de la armadura oxidada ROBERT FISHER
-tombuctú PAUL AUSTER
-un asunto de honor (cachito) ARTURO PÉREZ REVERTE
-la piel del tambor ARTURO PÉREZ REVERTE
-seis tumbas en Munich MARIO PUZO
-invisible PAUL AUSTER
-días aún más extraños RAY LORIGA
-el viaje íntimo de la locura ROBERTO INIESTA
-la muerte de Amalia Sacerdote ANDREA CAMILLERI
-historias del calcio ENRIC GONZÁLEZ
-caídos del cielo RAY LORIGA
-el señor de las moscas WILLIAM GOLDING
-Glamourama BRET EASTON ELLIS
-Marina CARLOS RUIZ ZAFÓN
-lo peor de todo RAY LORIGA

martes, 28 de diciembre de 2010

algo más

Sé que lo notas. Y sé que te has dado cuenta de que yo también lo noto. Ese fluir en ambos, como si estuviéramos los dos solos metidos en una barca río abajo sin poder hacer nada para frenarla. Y sin querer hacer nada por parar esa corriente que nos llevará a caer por esa catarata, por ese deseo imparable, a pesar del vértigo que produce, pero es mucho mayor el fuego, el deseo.
Puede que no esté bien. Puede que no sea lo correcto, y mucho menos lo prudente. Pero es lo que hay. Algo más fuerte que todo eso. Un impulso que el cerebro con su racionalidad no puede ni sabe controlar. Es algo más. Algo que no se puede explicar; ni por métodos científicos ni haciendo caso a la lógica. Algo totalmente irracional.
Mañana puede que utilicemos de excusa la botella de este maravilloso ron que nos estamos bebiendo, las luces bajas y de color azul, la música, el reservado, el calor de este final de primavera que estamos soportando, tu pelo, el mío, tu vestido, mi camisa y mis pantalones… lo que sea, pero los dos somos conscientes de como va a acabar esto. Y ya no hay marcha atrás.
De momento nos hacemos l@s loc@s, hablamos, nos sonreímos, nos miramos, nos acercamos cada vez más, poco a poco, pero sin llegar a tocarnos, porque una vez que se encienda la mecha sabemos que nadie podrá evitar la explosión, y no seremos nosotr@s, ni mucho menos quienes hagamos ni siquiera el amago de ello.
La botella ya está vacía, el camarero demasiado demandado para recordar la existencia de esta zona,los hielos sudando, al igual que nuestros poros, posiblemente por el calor que desprendemos. Creo que es el momento para hacerlo; te ofrezco huir de aquí, juntos, solos, como si supiésemos que ha llegado el Apocalipsis y al primer sitio donde va a mirar sea en esta discoteca. Unidos, hilados por nuestras manos derechas, esquivamos a los que la muerte ha citado con anterioridad hasta alcanzar la salida, donde el contraste de las luces bajas y oscuras que dejamos atrás con la extrema luminosidad del foco de la puerta y de las farolas de la calle. Ese cambio hacia colores claros alcanza su cenit en el blanco del taxi, que está en la puerta y nos recoge para conducirnos a nuestro refugio, donde aprovecharemos las últimas horas de nuestra vida, de esta vida que vivimos ahora, aún sabiendo que mañana cuando nos levantemos, habremos dejado de vivir esta vida, para empezar a vivir otra vida.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Un domingo cualquiera

La acera está llena de hojas amarillas y mojadas por la lluvia que se acaba de extinguir; un peligro, pero aún así conseguí caminar por encima de esa trampa mortal durante cuarenta minutos.
Me cruzo con todo tipo de fauna, sobre todo pijos, pero es que me gusta pasear por su hábitat y observarles; una especie de afición antropológica que tengo.
La noche está oscura, o mejor dicho, esta noche la ciudad esta oscura, por lo menos si la comparamos con otras noches. La luz de la luna no cumple con su labor porque lo evitan las nubes recién descargadas, apenas hay coches que iluminen las calles, hay un par de farolas cada ciertos metros que no funcionan y las tiendas cerradas, con la consecuente falta de luz en escaparates y letreros. Un domingo cualquiera.
Mis cascos despedían narraciones y comentarios de partidos retransmitidos por la radio, en lugar de la habitual música que lo hace otros días y en otros momentos.
Apenas te cruzas con gente, la mayoría son críos o parejas que pasean en un encuadre tan romántico y otoñal como éste. También alguna persona en solitario, normalmente una mujer de mediana edad, supongo que volviendo de ver a su madre. Lo único que hay abierto son cafeterías y bares. En las primeras se ven parejas y amigas conversando al calor de un café humeante, al cual se le agrade incluso que esté ardiendo cada vez que se da un sorbito. Paradas entre la ida y la vuelta del paseo. En las segundas la gente está viendo el fútbol, aunque los equipos locales ya jugaron ayer, por lo que no están ni mucho menos completos.
De repente dejo de oír la radio, todo está lleno de polvo, como si una nube inundara la calle, que comienza a estar más iluminada y ajetreada, mientras noto un líquido ardiente que desciende por la parte izquierda de mi cuello.