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lunes, 19 de diciembre de 2016

Los otros

Nos encanta hablar de los demás, opinar sobre su vida. Bueno, en realidad, criticar lo que hacen. Siempre uno está peor, siempre. Es que tú no sabes lo que me pasa, eso sí, yo hablo de ti y de tus circunstancias como si las conociera mejor que tú mismo. Tú qué sabrás. Y, casi siempre, se critica de las cosas que no son objetivas, de aquellas que no se pueden valorar mediante medios comunes. Qué bien vives. Nos unimos para criticar a tal persona, después con esa persona a la que has criticado para poner a parir a quien te apoyó a criticarlo.
Ese punto de vista negativo, el yo estoy peor, yo más desgraciado, esa lucha por la compasión, por la envidia, aunque luego no te cambiaríais por esa persona, porque claro, más vale lo malo conocido que lo bueno y maravilloso por conocer, esa pelea por conseguir la compasión de los demás, eso que te miren y puedas leer en sus ojos: "pobrecillo". Esa postura belicosa sin razón tan eterna que hace que nos destruyemos como conjunto y, por tanto, también como individuo. Esa guerra con los otros.

jueves, 15 de diciembre de 2016

La lluvia

Oía llover a pesar del cristal insonorizado. Sabía que no era verdad, que era su cabeza, que le ponía sonido a cada una de esas gotas que se estampaban contra los paraguas, la tela de las capuchas y abrigos o el pelo de los incautos que habían cometido la temeridad de no ser precavidos.
Eso era lo que le diferenciaba de una loca, que era consciente, se dijo.
Haría unos diez minutos que no se acabó el café. Casi pide otro, como un acto reflejo, pero se supo contener, sabría que tres en un día le sentaría mal. Tenía la tentación de pedir una infusión, pero le habían educado con el pensamiento de que eso era para los que estaban malos, y no quería dar esa sensación a los demás. Miró a su alrededor. Nadie la conocía. Se podría pedir una cerveza, ya había acabado su turno, pero no le gustaba beber en el hospital, sería un desorden en su cabeza. Donde tengas la olla no tengas... No se le ocurrió nada que le valiese para describir su pensamiento de que no había que mezclar trabajo y ocio.
Estaba cansada. Ojalá se pudiera teletransportar al sofá, incluso amodorrarse, y cuando recuperara fuerzas, ya comería algo. No le apetecía pedirse algo de comer, pero seguramente era la mejor entre todas las posibilidades. Vio la tortilla y se pidió un pincho y una cocacola.
Había recuperado fuerzas. Sin llegar a verse optimista, decidió que lo haría aquella tarde, cuanto antes mejor. Se subió la cremallera hasta arriba y agarró el paraguas con ganas.
Sorteó varillas que iban directas a sus ojos -siempre pensó que era demsiado alta- y consiguió llegar a la parada del bus. Le tocó de pie cuando se subió, rodeada, acolchada en cada frenazo y sacudida según el tráfico caótico por abrigos y grasa que cubría los cuerpos, y llegó a su destino en poco más de media hora.
Llamó como siempre, tres golpes cortos, rápidos, y dos más prolongados y espaciados. Enseguida oyó a su madre decir su nombre. Qué alegría, hija, continuó alegre, mientras cerraba la puerta y le invitaba a comer uno de los dulces que llenaban la mesa camilla del cuarto de estar. Ella negó con un gesto y se quedó de pie, casi de espaldas a su madre, mirando por la ventana como llovía. Ahora, si podía oír como el agua se golpeaba contra el suelo del balcón o los cristales. Ignoró las peticiones de que se quitara el abrigo y las botas -me lo vas a poner todo perdido- y cuando calló, soltó.
-Lo sé.
-¿El qué? - contestó automáticamente su madre, aunque su cara mostraba el temor de que ya lo sabía.
Siguió mirando llover desde aquel ventanal, como aquel día en que la dejaron en esa casa después de acordar la suma.

miércoles, 19 de octubre de 2016

La interrupción

Se oían muchas cosas: los pájaros, el mar, incluso voces de personas. A veces también al otro lado de la puerta. Al principio, se dirigían a él, de manera poco amable, cuando le traían la comida; ahora ya ni eso. El aviso era el sonido metálico de la bandeja al golpear contra el suelo. Durante los primeros días, enseguida su cabeza se adaptó a los horarios, tanto, que clavaba el momento en que se lo traían. Más tarde, se percató de que los rayos que entraban por los barrotes hacían de reloj de sol.
Después, se desentendió del tiempo y se pasaba las horas mirando a través de la ventana. Desde su posición, sólo veía el cielo, pero esa indefinición en los detalles hacía que su imaginación volara más libre, creando nuevos escenarios sin parar, yendo de uno a otro hasta que el sonido metálico lo interrumpía para comer, para sobrevivir y así continuar soñando.

martes, 4 de octubre de 2016

Doña Teresa Mendoza

Este final de verano me volví a leer La reina del sur, de Arturo Pérez-Reverte. Supongo que sería por tanto mar que aparece, y por eso me apetecía disfrutarla en este verano en el que apenas he disfrutado en la costa unos pocos días, aunque más que en los últimos años. La carencia del madrileño.
Lo que más me ha sorprendido es que la he disfrutado bastante más, a pesar de que ha supuesto una lectura mucho más racional al conocerme la historia, (reconozco que había partes que las había olvidado, la primera vez fue hace unos cuantos años). Tanto, que ahora mismo pienso que es mi novela favorita y, cuando la vez anterior, sólo me pareció bastante buena, pero lejos de ese puesto. Y eso que he leído bastante más desde entonces.
Puede que porque me resulta tan fresca y tan actual, o más como hace seis años, y eso que fue escrita en el 2002, con una temática, por desgracia bastante actual. Puede que haya mejorado mi comprensión lectora (esto lo dudo, ahora me distraigo mayor facilidad) o que he aprendido a mirar lo que leo de otra manera.
Sea lo que fuese, me parece una novela que tiene todo: amor, filosofía, meditación sobre las relaciones y el comportamiento humano, y cuando se ve de verdad, en situaciones extremas, un ritmo tremendo, combinando a la perfección cuando hay que acelerar y cuando hay que ir poco a poco, describiendo los detalles, y con mucha acción, sin ser para nada gratuita.
Pero sobre todo, con un personaje, una protagonista, que te enamora, literariamente hablando, por supuesto. Dudo mucho que haya alguien que no se identifique con ella, que no se embriague con su carisma silencioso o, como mínimo, que no tenga curiosidad por qué le deparará su destino, por  eso me cuesta que el autor no haya continuado de alguna manera la historia o no haya metido a Teresa Mendoza, (la protagonista), en otra novela. Después de la lamentable (en mi opinión, y en la de mucha gente, incluido el propio Arturo Pérez-Reverte) de la telenovela protagonizada por Kate del Castillo, habrá que ver la adaptación de USA Network, estrenada este verano.

lunes, 22 de agosto de 2016

Reconocernos hasta fundirnos

Vamos a hacerlo tranquilitos, despacio, como la primera vez que es, poco a poco. La primera, entre nosotros.
El inicio: nos olemos. Sí, ambos nos lavar con gel, de echar desodorante y perfume, pero ya lo estamos mezclando con nuestro propio olor, nuestro sudor, sólo con los nervios y la tensión que nos inunda, al igual que inundaremos esta habitación de olores y fluidos. Las aletas se levantan, se ponen en movimiento.
Después, nos escuchamos. Sin hablar, sin siquiera abrir la boca, si acaso para dejar irse el aire que nos ahoga en nuestro pecho, que le quita espacio al corazón para tener más espacio para retumbar, darnos cuenta de que nos está haciendo daño en el pectoral izquierdo al oír la respiración del otro. Así. Oírnos estar. Oírnos vivir. Sentirnos con las orejas, desde lejos, hasta que el sonido del otro lo conozcamos de tal manera como si fuera propio, como si no pudiésemos distinguirlo del que emiten nuestros pulmones, nuestra nariz, nuestra boca.
Luego mirarnos. De primeras, no nos vemos, hasta que nuestros ojos se convierten en los de un gato y nos reconozcamos. También está la distancia, demasiado corta, como nuestros padres cuando se hacen mayores y necesitan alejarse los papeles para leerlos todo lo que les dé el brazo. No podemos extenderlos porque nos bloqueamos con el cuerpo del otro. No nos acercamos, no hacemos esfuerzos sino que somos dos imanes, dos polos opuestos que se atraen, que por arte de magia se aproximan hasta que están, estamos pegados.
Nos tocamos, nuestros poros están imantados, en cuanto estamos a la suficiente distancia se expanden hasta que se tocan, y después no se pueden separar. Ahora sólo podemos movernos para encajarnos, para rodearnos, cambiar de forma en este nuevo ser que somos unidos. Cogemos diferentes formas que son imposibles de crear de manera independiente, porque ahora somos otra cosa. Por supuesto mejor.
Nuestro tacto ha pasado al siguiente nivel, ahora nos probamos, el gusto recorre todo el camino que ha hecho el tacto. Los dos sentidos se intercambian, se ceden el paso, comparten viaje, toman diferentes direcciones para volver hasta que el viaje se vuelve plácido y pleno y ya hacen que todo el territorio sea propio porque nos fundimos y somos uno.

sábado, 13 de agosto de 2016

El pregón

Corriendo, todo el día corriendo. Lo desmonto mientras llego a la cama, guardo cada pieza en su correspondiente departamento, lo meto en la maleta y hala, hasta otra. Con otro pelo, ya sea color o corte, otro tono de piel, otros ojos. Y, por supuesto, otro tipo de ropa. Y las gafas, lo que me gustan las gafas, y no me ha dado tiempo a ponérmelas.
Saludo al hombre que está dormido en la recepción -no se despertaría ni aunque soltara una ráfaga en la pared que está a su lado- y camino lo más rápido que puedo hasta el coche. La gente no se fija en mí, está pendiente de lo que ocurre al otro lado del pueblo, del alcalde desangrándose encima del escenario, delante de las damas de honor, que lloran mientras intentan esconderse y la gente hace que huye pero en realidad no se mueve, porque les interesa más ver lo que está sucediendo que ponerse a salvo. Pues yo no voy a ser de esos.

sábado, 9 de julio de 2016

Marseille en serie

Marseille es la primera serie francesa producida por Netflix, protagonizada por, seguramente, el actor más famoso internacionalmente del país galo: Gérard Depardieu. Además, el argumento es una intriga política sobre la ciudad y las próximas elecciones de la alcaldía de la ciudad, comparada con House of Cards, sobre todo.
Con estos préambulos, tenía muchas ganas de empezarla. Sólo se ha grabado una temporada, estrenada hace tan sólo un par de meses. Ocho capítulos de unos cuarenta minutos, en menos de quince días te la puedes cargar, así que me puse a ello.
En general, me gusta la metáfora que utiliza Mario Cerdeño (@MarioCS1985) en su reseña sobre la serie en eldiario.es (http://www.eldiario.es/clm/lunes_seriefilos/Marseille-experimento-politico-fallido-Netflix_6_516258384.html), "vendida como un Lamborghini pero con los componentes de un utilitario". Y es eso, una producción espectacular, visualmente impecable, pero con un guión predecible en este tipo de ficciones, casi cotidiano, del que ya estamos más que habituados, con apenas algún giro inesperado, que tira para adelante como puede y poco más.
Con la música tengo un problema: me gustan mucho las canciones elegidas, pero apenas aportan, mera decoración accesoria. Eso sí, la ráfaga, o mejor dicho, la nota (porque es tan sólo una nota), que emiten entre escena y escena mientras aparecen planos de la ciudad (extraordinarios), propia de una película de miedo, no es que no aporte nada, sino que es totalmente irrelevante y confunde, incluso le'estropea' el hilo de la trata al espectador. Aparte de repetitiva, que cansa e incluso irrita.
En el plano interpretativo, los actores están demasiado encasillados, encerrados en su rol, más que papel, designado. Con apenas desarrollo de los personajes, con pocas muestras expresivas, dotados de una frialdad que concuerda con el tema principal del argumento, pero que en muchos casos, le quita credibilidad. Los dos únicos personajes que tienen cierto recorrido psicológico son las mujer e hija del protagonista, Rachel y Julia Taro. La primera es mediante un suceso personal, que le impide realizar la actividad por la que vive, con lo que le inunda la sensación de inutilidad. La segunda, comienza siendo totalmente irrelevante, decorativa para la trama, pero acaba siendo casi el motor, casi superando a los dos protagonistas, los dos candidatos a la alcaldía.
El personaje de Lucas Bàrres (Benoît Magimel) sólo cambia al destaparse, al inicio de la serie, y descubrir quién es de verdad, cuál va a ser su rol en la serie, el de antagonista. a pesar de su supuesta importancia y minutos en escena, no suma nada, simplemente cumple su papel, a veces con expresiones y posturas que recuerdan a la parodia.
Una vez completada, me recuerda mucho más a Crematorio que a  House of Cards, no sólo por compartir mar (aunque la luz que refleja es muy diferente en la Costa Blanca y en la Costa Azul, como sus propios nombres señalan), si no también por su sentido 'local', más concreto, más a pie de calle, individualizada y cercana, que en el poder casi omnipotente que protagoniza Kevin Spacey. Incluso en detalles de guión. Estoy convencido que el creador (Dan Franck) se ha visto y ha tomado apuntes de la adaptación de la novela del difunto Rafael Chirbes.